domingo, 1 de abril de 2018

Origireto Abril 1 y 2. Lluvia de estrellas y Tulipanes rojos.

Hola amantes de las letras!
Hoy os traigo mis 2 nuevos relatos de Abril para el #OrigiReto2018, una iniciativa de los blogs Solo un capítulo más y La Pluma azul de Katty, en donde podéis encontrar las bases del reto así como todos los objetivos propuestos. ¿A qué estáis esperando para apuntaros?
Espero que os guste leer estos dos relatos, pues los he escrito con mucho cariño y disfrute.
Antes de deciros a qué objetivos pertenecen, como siempre, quiero que los leáis y opinéis qué os parecen.
¡Aquí los tenéis!

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Lluvia de estrellas
Eran las once y media de la noche en el reloj de mesa, en mi mundo, era la hora más triste de los últimos treinta años.
Sentada en el borde de la cama, contemplaba como la respiración de Marian se aceleraba por momentos. Durante los últimos días, la fiebre se había apoderado de su frágil cuerpo, los sudores habían bañado su frente y las convulsiones provocaban que toda ella botase. Sumergí el paño en agua fría y lo coloqué sobre su cabeza. Marian ardía, a la vez que se consumía poco a poco. Aquella extraña enfermedad sin nombre se la estaba llevando poco a poco, y sin quererlo, a mí con ella.
Pasé el paño por su cabeza, su cara, su cuello, sus pechos, y así hasta que hube llegado a cada rincón de su delgado cuerpo.
En uno de esos momentos abrió los ojos y dirigiendo una mirada perdida me regaló una pequeña sonrisa.
 —Helena —emitió con voz de inframundo buscando mi mano— no…no sigas, por favor.
—No hables Marian, necesitas descansar —le dije asiéndole la mano.
—Helena…— una tos infernal la impidió continuar la frase.
Yo me moría por dentro, verla así me partía en mil pedazos.
—Helena —dijo al fin— no sigas torturándote, no quiero seguir así, por favor…
—No sé qué más hacer —dije vencida mientras las lágrimas resbalaban por mis mejillas— ¿Qué puedo hacer Marian?
Marian me miró. Sentía que en lugar de cuidarla yo a ella, era ella la que estaba cuidando de mí.
—Quiero que me lleves a la colina.
—No, te pondrías peor.
—Helena…si me quieres ayudar haz lo que te pido.
Asentí a regañadientes. La ayudé a levantarse y la vestí con la mejor ropa de abrigo que encontré. Me coloqué el abrigo y por último, cogí un gorro de lana que Marian me había regalado hacía dos años y se lo puse. Salimos con dificultad, pues su estado febril hacía que no pudiera caminar equilibradamente, de modo que la apoyé sobre mi hombro y conseguimos llegar hasta el coche. Arranqué y conduje hasta donde Marian me había pedido. Era una noche fría de noviembre, el termómetro marcaba menos un grado. A mi lado, Marian respiraba costosamente, pero me regaló su sonrisa tranquilizadora durante todo el trayecto. Cuando llegamos, dejé el coche en un camino de tierra. Ayudé a Marian a bajar y caminamos hasta llegar a lo alto de una colina. Era una noche preciosa, y aquel lugar la hacía más increíble aun. Desde la colina se podían ver los verdes prados en los que descansaban miles de tulipanes rojos y amarillos y, más abajo, el mar. Inusuales luciérnagas volaban alrededor permitiendo apaciguar la oscuridad y poder contemplar aquel paisaje. Pero no era ese el motivo por el que nos gustaba tanto aquel sitio, nuestro sitio, sino por la magnífica contemplación estelar que desde allí se podía hacer. Lejos de toda iluminación, lejos de toda contaminación, aquel era un lugar maravilloso. Me faltarían palabras para describir lo que aquella contemplación nos hacía sentir, porque sé que Marian lo vivía con mucha más pasión que yo, así era ella, vivía todo su mundo al máximo.
Marian se tumbó. Yo permanecí sentada, mirando no sé muy bien a donde, buscando no sé qué respuesta, intentando reprimir silenciosamente mis lágrimas y sollozos.
 —Como sigas llorando te perderás la lluvia de estrellas y no podrás pedir un deseo —me dijo. Su voz sonaba natural, como si la fiebre se hubiera ido, como si aún le quedara toda una vida por delante.
—No creo que las estrellas escuchen mis deseos —contesté sin mirarla, pues nunca me había gustado que me viera llorar.
—Porque eres una llorica, y a las niñas lloricas las estrellas no les conceden su magia.
—¡Joder Marian, hasta enferma tienes que seguir siendo una puñetera payasa! —dije con rabia mientras me secaba las lágrimas.
—Ven aquí anda, túmbate conmigo.
Le hice caso y me acomodé a su lado, levantó su brazo y dejó que me abrazase a ella.
—Así estás mucho mejor —dijo besándome la frente— y ahora a ver esta maravilla.
Hacía frío, pero al lado de Marian nada importaba. No podía evitar pensar en cómo se sentiría ella, debía estar helada, pero contemplaba con la ilusión de una niña aquellas vistas nocturnas.
Desde allí se podían ver las estrellas de manera tan clara que incluso parecía que podías moverte entre ellas. Incontables cuerpos celestes brillaban en aquel fuliginoso firmamento.
—¿Alguna vez te he contado como se produce la lluvia de estrellas? Cuando un cometa se adentra en el interior del sistema solar, la interacción con el viento hace que su superficie se active. Los gases y materiales de la superficie del cometa salen despedidos al espacio, y pasan a orbitar al sol en órbitas muy similares a las de su cometa de origen, y así… —
—…se forma una corriente o anillo de partículas, denominado técnicamente enjambre de meteoros. La órbita terrestre cruza algunos enjambres de cometas de periodo corto, produciendo lluvias de meteoros —terminé yo—. Sí, me lo has contado.
—¿También te he contado que este lugar es mágico?
—La magia no existe —le contesté lanzándole una mirada de soslayo.
—Claro que existe, aquí fue donde te conocí —me dijo buscando mi mirada, su respiración sonaba más calmada que momentos antes de llegar allí.
La miré con los ojos bañados en lágrimas y la abracé lo más fuerte que pude. Quería quedarme allí así, con ella, sin que nada ni nadie nos separara.
—No tengas miedo, ¿me oyes? —dijo susurrándome al oído—. Yo siempre estaré a tu lado.
Dejó que sus labios encontraran los míos y nos fundimos en un beso cálido, sincero, de los que hacen que todo tu cuerpo se active. Ya no ardía, ya no temblaba, ahora tan solo disfrutaba del tiempo que le quedaba, de aquella noche, de aquel lugar mágico, de mí, y yo de ella.
Me dejé llevar por la noche, y disfruté de aquella lluvia de estrellas pidiendo a cada una de ellas que no acabara aquella noche, que no se la llevaran. Tan solo recuerdo que me acurruqué en sus brazos y fui dejando que un sueño esperanzador se apoderase poco a poco de mi mente, mis ojos y, finalmente, de mi miedo.


 Este relato está enmarcado en el Reto de escritura de #OrigiReto2018 para el objetivo  17. Describe una noche o crea un relato que suceda en un bosque encantado

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Tulipanes rojos


El sol asomaba lentamente por el horizonte arrojando sus lívidos rayos sobre la colina y los floridos prados. Se podía percibir el aroma del pasto bañado por el rocío matinal. La suave brisa acompañada de la melodía de los pájaros, anunciaba un nuevo día a la naturaleza aun durmiente. Todo era calma en la inmensidad de aquel paisaje. No recuerdo un despertar más dulce que aquel, no recuerdo un despertar tan deseado, tan lleno de vida.


Me incorporé aun medio dormida. Mi cabeza daba vueltas. Cerré los ojos intentando que aquella extraña sensación desapareciera. Lo conseguí, se fue. Abrí los ojos y pude contemplar el inmenso mar que frente a mi tenía, la fresca brisa traía un aroma de mar salado. A mi izquierda, Helena seguía durmiendo profundamente. Hasta durmiendo me sigue pareciendo sexy, pensé. Dejé el gorro que Helena me había puesto la noche anterior y me pasé las manos por la cabeza revolviéndome el pelo. La ventaja de llevarlo casi rapado era que no me hacían falta cepillos ni peines para arreglármelo, con las manos me bastaba. Finalmente me levanté. Tenía el cuerpo entumecido, pero no sentía ningún malestar. ¿Dónde estaban los sudores de estos días atrás? ¿Y la fiebre, y los temblores? Debo haber muerto, dije. Pero, ¿y Helena? ¿También ella estaba muerta? Quizá las dos habíamos muerto, sí; yo de aquella maldita mierda sin nombre, ella de frío y la tristeza que la consumía. Sea como fuese, me sentía mejor que nunca.
Eché a andar colina abajo. Un extenso terreno lleno de tulipanes rojos y amarillos se abrió ante mí. Comencé a correr, brincar, saltar. Me revolqué entre ellos, me impregné de su olor, reí sin motivo y lloré, lloré como una niña sin saber muy bien porqué. Tal vez porque hacía mucho tiempo que no disfrutaba tanto, que no vivía tanto. Oí una voz gritando mi nombre a lo lejos, era Helena que corría aceleradamente hacia mí. Llegó sin aliento, jadeando.
—Marian, ¿qué…qué haces? —preguntó con cara de asombro y miedo mientras intentaba recuperar la respiración.
No dije nada, tan solo cogí su brazo y la arrastré hacia mí. Cayó acostada de medio lado sin entender nada. Busqué sus labios y la besé. La besé con pasión, con ganas, ganas de arrancarle todo cuanto llevaba puesto, ganas de sentir su piel en mis labios.
—Marian, ¿qué ha pasado? —preguntó sosteniendo mi mirada.
—Ya te dije que este lugar era mágico —seguí besándola, pero esta vez toda su cara.
Nos quedamos allí tumbadas, entre los tulipanes. Allí nos habíamos conocido hacía diez años. Yo había ido a pasar un día de verano con unos amigos de la facultad y para mi sorpresa, algunos de ellos llevaron a otras amistades, entre las que estaba Marian. Nada más verla supe que era la chica que siempre había estado buscando. Recuerdo que mi primera conversación fue sobre el significado del color de los tulipanes.
—Los tulipanes de color amarillo se relacionan con la amistad, aunque hay gente que le da un significado negativo a este color. Los rojos, por su parte, son los que se buscan cuando se quiere expresar o declarar amor. Una vez leí que el amor debería ser exhibido con estas flores color rojo —le hube dicho mientras una joven Helena me escuchaba asombrada.
Ese día, arranqué un tulipán amarillo y se lo di en muestra de la amistad que quería tener con ella. A partir de ahí, no recuerdo quién fue la que se enamoró primero, solo sé que nos vimos todos los días de los siguientes diez años.
—Marian, sigo sin entender nada —dijo sacándome de mi ensimismamiento— anoche mismo estabas fatal y hoy… ¡debo estar soñando!
—Pues soñemos juntas.
Me levanté dejando a Helena allí tumbada y corté seis tulipanes rojos. Como pude, hice con ellos un ramo y até una de mis pulseras en los tallos para conseguir consistencia. Volví de nuevo hasta ella y me arrodillé a su lado.
—Helena Morga Cusó —me aclaré la garganta para proseguir— ¿quieres casarte conmigo?
Helena se incorporó de un brinco.  Su mirada denotaba sorpresa. Me observó durante unos segundos sin más expresividad que con un levantamiento de cejas. Entonces comenzó a sonreír dejando caer unas cuantas lágrimas. Me abrazó y acercándose a mi oído susurró: sí.
Cogió el ramo que le había hecho y  me besó.
—Te echo una carrera hasta la playa —dije.
Me descalcé y arrojé mis botas. Seguidamente, eché a correr. Podía sentir la hierba fresca en cada una de mis pisadas, no miré atrás, no sabía si Helena había accedido a mi juego, solo sé que mis piernas me llevaban ligeramente, sin esfuerzo, como si de nubes se tratasen. Mariposas de diversos colores comenzaron a revolotear a mí alrededor.
Seguí hasta alcanzar la orilla. Apoyé los brazos en las rodillas para recobrar el aliento. Cuando me hube recuperado, metí los pies descalzos en el agua. Ni rastro de Helena. Estuve así unos minutos, disfrutando del choque del agua en mis pies, inhalando aquel olor marino con los ojos cerrados, escuchando como las gaviotas graznaban. Sin pensarlo, comencé a desnudarme hasta quitarme hasta la última prenda y me fui adentrando hasta solo dejar mi cabeza fuera del agua. Helena apareció al poco, al verme gritó desde la orilla:
—¡¿Pero te has vuelto loca?! ¡¿Qué haces metida en el agua en pleno noviembre?! Y en tu estado…
—¿Qué estado, el de prometida? ¿Desde cuando las prometidas no se pueden bañar? —le pregunté para picarla—. Deja de quejarte y ven aquí.
Oí que refunfuñaba algo mientras se quitaba la ropa.
—Aún sigo sin entenderlo —dijo cuando llegó hasta mí— ¿hemos muerto o estoy soñando?
—¿Qué importa eso ahora? Lo importante es que estás conmigo y que ya nada ni nadie podrá separarnos —y la besé mientras nos sumergíamos bajo el agua.
Lo cierto es que no sé si habíamos muerto aquella noche contemplando las estrellas, no sé si, dentro de toda fantasía, era cierto que aquel lugar era mágico y consiguió curarme, tan solo sé que ese día lo viví como si fuera el primero de una larga vida junto a ella.



Este relato está enmarcado en el Reto de escritura de #OrigiReto2018 para el objetivo 9. Describe un despertar original.

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Y Ahora….


¡¡Mi Pegatina!!


domingo, 18 de marzo de 2018

Origireto Marzo 1 y 2. Jilwbhao La cabaña del bosque

Hola amantes de las letras!
Después de un mes os traigo mis 2 nuevos relatos para el #OrigiReto2018, una iniciativa de los blogs Solo un capítulo más y La Pluma azul de Katty.
Como ya comenté en la anterior entrada, ahí podéis encontrar las bases del reto así como todas las temáticas propuestas. ¿A qué estáis esperando para apuntaros?
Me he divertido escribiendo estos relatos porque he podido crear mi propio escenario y darle el toque que yo he querido, el resultado me ha gustado bastante, en un futuro añadiré nuevas cosas a estos dos relatos.
Antes de deciros a qué objetivos pertenecen, como siempre, quiero que leáis los relatos y opinéis qué os parecen.
¡Aquí los tenéis!
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Jilwbhao

Todos los 15 de abril llovía en Jilwbhao. El cielo azul daba paso a un manto color acero del que caían ejércitos de gotas de agua que en ocasiones eran devastadoras.

Cogí el cubo y lo saqué afuera. Con un poco de suerte conseguiría recoger agua para asearnos. Milo se había levantado muy temprano esa mañana para reunirse con los demás bhaionaies. Los bhaionaies eran los guerreros de nuestra tribu, pues durante centurias habían sido los encargados de proteger y defender Jilwbhao. Cada 15 de abril se celebraba la muerte de nuestro fundador Jilw, un guerrero que luchó contra los territorios enemigos por la libertad de nuestro pueblo y al que nuestros antepasados deificaron.

Los bhaionaies, llegada la fecha señalada, partían al alba hacia los espesos bosques en busca de los cinco mejores gemsbok con los que honrar a nuestro dios.

Las mujeres mientras tanto, éramos las encargadas de purificar los hogares, preparar el altar de los sacrificios y hacer la gran hoguera.

Seguidamente, tras colocar el cubo bajo la ventana, comenzó a llover. El cielo tronaba y descargaba su rabia con gran fuerza. Me asomé a la ventana, apenas conseguí ver nada afuera. Comencé a preocuparme por nuestros hombres, pues tanta agua no les dejaría apenas avanzar y no conseguirían traer a los animales. En uno de esos instantes, alguien golpeó la puerta. Me acerqué y abrí. Encontré a una mujer cuya cara tapaba un manto de cebra y cuyo cuerpo iba calado hasta los huesos. Se apresuró a entrar. Se dejó la cara al descubierto. Era Wahila, una de nuestras vecinas. A pesar de su avanzada edad, era una mujer que desprendía una belleza digna de deidades. En el pueblo se decía que era descendiente del mismo Jilw, pero ella siempre lo negaba.

    — Wahila, ¿qué le trae con este tiempo?­­ —le pregunté tomándole el manto.
    — Perdona querida, pero ya no sabía qué hacer, ¿has visto a Hatya? —dijo preocupada
    — No, ¿qué pasa Wahila?
    —¡Ay esta niña! —exclamó con voz temblorosa— esta mañana al poco tiempo de que Terh se fuera con el resto de bhaionaies, ella se ha levantado, estaba muy contenta, pues decía que los 15 de abril son un día especial para ella, ya sabes, aparte del gran día de nuestro dios Jilw, es el día en que Hatya nació. El caso es que me ha dicho que le hacía ilusión ir a por flores para hacerse una diadema con ellas e ir elegante esta noche en la celebración, pero… —hizo una pausa y me miró con ojos desesperados—  no ha vuelto, Aruth, y con este tiempo temo que le haya pasado algo.
 
    — No se preocupe Wahila, Hatya es una chica lista, seguro que se ha resguardado en algún lugar o se ha ido tras los bhaionaies, ya sabe lo curiosa que es —la tranquilicé ofreciéndole mi mano y poniendo la otra sobre su hombro.
    — ¡Ay sí! Perdona hija, me he agobiado yo sola. Tienes razón, Hatya es una chica muy curiosa, seguro que vuelve pronto. Siento haberte preocupado. Te dejo querida, que tendrás mucho que hacer, más tarde nos vemos en el altar.

Y colocándose de nuevo el manto en la cabeza se entregó a la lluvia.

Salí corriendo y cogí el cubo. Una vez dentro, vertí un poco en una olla de barro y la puse a calentar. Cuando conseguí la temperatura deseada, cogí el jabón con aroma a  dissotis mahonii y me dispuse a lavarme todo el cuerpo. En unos minutos estuve lista, me sequé y me enfundé un vestido de piel de antílope. Me coloqué un turbante a juego alrededor de mi pelo rizado. Vertí lo que quedaba en el cubo a la olla y lo puse a calentar para cuando Milo llegara. Coloqué de nuevo el cubo fuera. Aun caían algunas gotas, pero lo grave ya había pasado, la tormenta dejaba paso a un tímido atardecer. Fui caminando hasta el altar, dejando que mis pies descalzos sintieran el tacto de la tierra y las pequeñas piedras que a mi paso aparecían.

Encontré a las mujeres subidas en el altar limpiándolo. Subí la escalinata dispuesta a ayudarlas. Busqué con la mirada a Wahila, pero no la encontré. Pregunté a otra de las mujeres si sabía sobre su paradero, me dijo que se había ido hacia el leñero mucho antes de que yo llegara.

Me apresuré hasta allí, con suerte aun estaría allí y así de paso la ayudaba. La encontré llorando arrodillada junto a los montones de leña. Me arrodillé junto a ella e intenté calmarla. Se agarró a mi cuello y lloró desconsoladamente. Cuando se hubo desahogado, cogió mi mano y dejó algo sobre ella. Era una pulsera de madera en la que se leía un nombre tallado: Hatya. La miré buscando una respuesta.
    — La he encontrado a unos metros de la entrada al bosque —dijo secándose las lágrimas.
La ayudé a incorporarse. Le prometí que tras concluir la ceremonia la ayudaría a buscar a Hatya. Entre las dos llevamos la leña hasta el altar y con ayuda de otras mujeres encendimos una enorme hoguera. Los hombres llegaron al anochecer con los cinco gemsbok.

Una vez allí, varios bhaionaies sujetaron a los animales y, primero degollaron a uno, después al resto. Milo estaba allí. Vi como cogió una vasija y la llenó con la sangre de los animales. Seguidamente, subió la escalinata, se arrodilló y comenzó con el canto tradicional hacia Jilw. Todos los habitantes hicimos lo mismo. Tras concluir nuestro rezo, Milo vertió la sangre de los animales en el fuego. Después asamos la carne y nos la comimos. Busqué a Wahila entre la gente, la vi abrazada a Ther. Le estaría contando lo de Hatya. Fui junto a Milo, le besé y le di mis bendiciones por ser el elegido para honrar a Jilw. Me correspondió con su sonrisa angelical. En ese instante, me percaté de los enormes arañazos de su espalda.
    — ¡Por Jilw! Milo, ¿y estos arañazos? —dije pasando mis yemas por ellos
   — No te preocupes mi pequeña Aruth, algunas ramas de árboles son muy traicioneras, en unos días estarán curados —y dejó que sus labios se posaran suavemente sobre mi frente.

De esa manera, junto con una gran noche estrellada, concluyó otro año más de veneración para el pueblo de Jilwbhao.



Este relato está enmarcado en el Reto de escritura de #OrigiReto2018 para el objetivo 5. Escribe una historia que esté centrada en un ritual.

© Este relato tiene todos los derechos reservados



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La cabaña del bosque

La gente se fue dispersando. Cada familia volvió a su hogar. Cogida al brazo de Milo, dimos un paseo bajo la silenciosa noche hasta llegar a casa. Puse a calentar la olla que había preparado por la mañana para que Milo se lavara. El aceptó con gratitud mientras quitaba toda ropa de su cuerpo. Lo observé por el rabillo del ojo mientras yo hacía lo mismo con mi vestido y dejaba mi pelo libre del turbante. Me dejé caer sobre nuestra cama de heno y esperé a que, como cada noche, Milo se acostara a mi lado abrazándome por la espalda.


Me desperté con los rayos de sol sobre mi cara. Aun podía apreciar el olor a tierra mojada.


Me levanté dispuesta a comenzar mi día. Me vestí y sujeté mi pelo con otro turbante. Entonces fue cuando la vi. La pulsera que Wahila me había dado la tarde anterior estaba a unos metros de mis pies. Se debió caer cuando me quité el vestido la noche anterior. La cogí y me la guardé. Le prometí a Wahila que la ayudaría a buscar a Hatya y eso precisamente iba a hacer aquella mañana. Salí fuera a por el cubo de agua, estaba lleno de las últimas gotas que habían caído. Seguidamente, lo hubiera metido adentro y hubiera vertido una cantidad en la olla para cuando llegara la hora de comer, pero algo llamó mi atención. Sangre. Había pequeñas manchas de sangre alrededor del cubo, la toqué y aún estaba un poco fresca. Me incorporé en busca de alguna señal que me indicara su procedencia. No vi nada. Decidí entonces caminar en dirección al bosque. Me adentré en la maleza y en la oscuridad. Los altos árboles impedían que la luz penetrara, provocando una sensación escalofriante a quien osase ir allí. El camino estaba lleno de piedras, las sentía hundirse profundamente en mis pies. Iba apoyándome en los troncos de los árboles para ayudarme a seguir. Allí reinaba el silencio, tan solo se oía el ruido que los roedores hacían entre los arbustos y el trino de los pájaros. Por un momento sentí el impulso de dar la vuelta y echar a correr, pero pensé en Hatya. Fue entonces cuando lo vi: de nuevo la sangre. Exhalé aire y seguí el rastro. Llegué a las profundidades del bosque en donde el frío se hacía eco. Vi una pequeña cabaña en mal estado. La sangre se extendía hacia la entrada. Con miedo fui hasta allí, la sangre indicaba que aquella cabaña era el origen de todo, me asomé pero tan solo vi penumbra. Entré en busca de no sé muy bien qué, entonces fue cuando la vi. 
El cuerpo de una mujer inconsciente yacía tendido en unos de los rincones. Corrí hasta ella para auxiliarla. Llevaba una diadema de flores alrededor de su melena castaña y un vestido de algodón color nieve. Tan solo entonces me di cuenta que era Hatya. Tenía las muñecas atadas y una mancha de sangre entre sus piernas. Nerviosa, comencé a llamarla zarandeándola suavemente. Abrió los ojos y me reconoció.


—Aruth —dijo con un hilo de voz quebrado— tienes que irte de aquí, sino también te matará a ti.

Un largo escalofrío me recorrió todo el cuerpo.

¿Quién te ha hecho esto? —pregunté, pero entonces oí pasos entre el bosque.
Aruth, tienes que irte —suplicó con miedo.


Salí de allí tan rápido como pude y me escondí detrás de un árbol. Las pisadas cada vez estaban más cerca. Tuve miedo, quise salir a su encuentro, pero Hatya tenía razón, si me dejaba descubrir las dos estaríamos perdidas. Una figura masculina se acercó a la cabaña dispuesta a entrar. Entonces se giró para inspeccionar los alrededores y asegurarse que nadie le vigilaba. Lo vi, y una marea de sentimientos se apoderó de mí. Era Milo. Me llevé las manos a la cara ahogando un grito y comencé a llorar. No podía creer lo que estaba viendo. El hombre con el que llevaba casi toda mi vida se había convertido en un monstruo. Me sequé las lágrimas y suspiré. Oí voces desde la cabaña. Milo gritaba, Hatya lloraba y le rogaba que la dejara en paz. Me acerqué sigilosamente y me asomé. Hatya estaba de rodillas llorando, Milo se encontraba frente a ella de pie. Vi cómo la golpeó gritándole que se callara. Hatya se resistía y comenzó a gritar. Milo giraba sobre sí mismo, estaba fuera de sí. De repente, cogió un puñal y amenazó a Hatya con clavárselo si no dejaba de gritar. La chica lloraba desconsoladamente. La iba a matar allí, delante de mí, sin piedad. No lo pensé, reparé en una lanza que había tirada entre los matorrales, la cogí y me dirigí al interior de la cabaña. Fueron apenas unos segundos. Corrí hasta Milo y le clavé la lanza lo más profundo que pude. Cayó al suelo, la sangre brotaba de su estómago. Por Jilw, lo había matado. Desaté a Hatya y la ayudé a levantarse, estaba temblando, me miraba con unos ojos que desprendían alivio y miedo.
 

     — Está muerto, Aruth —dijo llevándose las manos a la cara

     — Te iba a matar, Hatya, no lo podía permitir.

     — ¡Por Jilw, Aruth! ¿y ahora que vamos a hacer? —preguntó buscando mi mirada.

    —Me vas a tener que ayudar, Hatya. El río está tan solo a unos metros, lo llevaremos hasta allí y haremos como que todo ha sido un mal infortunio —dije buscando su aprobación.


Hatya lloraba y negaba con la cabeza, pero aceptó seguir mi plan. Saqué la lanza del cuerpo inerte de Milo y, entre las dos lo levantamos y andamos hasta el río. Una vez allí, lo dejamos en la orilla y con un leve empujón vimos como poco a poco la corriente lo alejaba. Miré a Hatya y la abracé. Ella 
 seguía llorando y temblando. Le cogí la mano y le entregué su pulsera. 


   — ¿Qué va a pasar ahora? —preguntó acariciando su pulsera.

   — Volveremos a casa y esto quedará entre nosotras, ¿de acuerdo? —ella asintió

   — Me violó, Aruth —dijo buscando consuelo —me asaltó ayer mientras cogía flores, me negué pero…

   — Lo sé pequeña, lo sé. Ya pasó —la abracé y le tendí mi mano.


Y juntas volvimos a casa cogidas de la mano sabiendo que aquel secreto moriría con nosotras.



Este relato está enmarcado en el Reto de escritura de #OrigiReto2018 para el objetivo 4. Escribe un relato en el que el protagonista se convierta en un asesino. 
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